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La Anciana

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Conocí una vez una encantadora anciana que tenía una tienda –la típica “tiendita de la esquina” tan común en nuestros pueblos. La tienda tenía sus anaqueles ordenados y los pisos muy limpios. La ancianita, aunque era una señora de medios y muy buenas relaciones, la despachaba personalmente. Se la podía ver diariamente apostada detrás del mostrador esperando para atender a sus clientes, cumpliendo con su importante función social. En muy contadas ocasiones, por su avanzada edad se veía forzada a tomar un descanso, y entonces dejaba encargada a una ayudanta a la que instruía con diligencia sobre cómo atender a la gente y en qué estado debía mantenerse el negocio. Pero el chiste de la tienda era la ancianita.

Entre las mercancías de la tienda había galletas. De esas galletas secas, sin azúcar, que crujen y se desmoronan con la primera mordida y que son muy apropiadas para acompañar una comida casera. Algunas veces fui a comprar de aquellas galletas; aunque la tiendita me quedaba lejos hacía yo un viaje deliberado. Sabía que me tomaría tiempo, no solo por la distancia en sí, sino porque el sentido de ir por las galletas lo daba la conversación con la ancianita. No es que abordáramos temas muy profundos, ni siquiera que la información intercambiada fuese de gran utilidad. Es solo que mi espíritu descansaba durante ese intercambio con una persona auténtica. Era una conversación limpia de pretensiones, no tenía otro objetivo que pasar el tiempo bien. El gusto no estaba limitado a las galletas, se extendía como un lago con el departir. Así pasa el tiempo en nuestros pueblos, en los pueblos que realmente son.

Mis viajes a comprar galletas fueron como los de H.D.Thoreau a cortar moras; ése gran pensador, que graduado de Harvard que escribió “Walden” una profunda reflexión sobre la vida simple y sus valore. El beneficio no consistía en la mera cortar las moras para comer, sino en participar de la vida. Él disfrutaba del paseo por lo bosques mientras admiraba el paisaje y caminada para abrir su apetito; luego cortaba solo lo necesario para él mismo, dejando suficientes moras para sus “vecinos silvestres” los animales del bosque. Observó que “sería mejor para el hombre de una vez morir de hambre que perder su inocencia en el proceso de obtener los alimentos” pues veía la paz mental como sine qua non para la verdadera libertad…pero éstas son observaciones viejas (de octubre de 1853, cuando Thoreau escribió sus notas sobre Ecología y Resistencia Civil, con los que influyó a grandes líderes como Tolstoy, Gandhi y aún Maquío Clouthier). El buscar tan sólo el objetivo comercial, vacío de todo su contenido social, es empobrecer de muchas maneras.

No hay mejor ambiente para retirarse del materialismo y del agobio urbano que la paz, tranquilidad y calidez social de los auténticos pueblitos mexicanos. Son diferentes a los “pueblitos” de los desarrolladores, tan faltos de chispa y de espíritu. Los pueblos auténticos son desde luego integrados por gente auténtica, que no se puede comprar como se hace con la materia arquitectónica.Ya sin la ancianita, no tendrá sentido ir por galletas.

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