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Pinceles Viejos

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Nos hemos acostumbrado a guardar demasiadas cosas. A pesar de que la casa es amplia y abierta, todos los espacios tienden a irse llenando de objetos. Muchos de ellos fueron valiosos en el pasado. Álbumes de fotos, instrumentos de trabajo, vetustos libros -algunos hasta datan de tiempos escolares- ya sean nuestros o de algún pariente que nos pidió por favor se lo guardásemos y luego los han olvidado. Por espaciosa, la casa se ha convertido en bodega de artículos que ahora resultan poco prácticos para su uso. Está por ejemplo, repartida entre el viejo y en otros rincones como sostén de repisas, la Enciclopedia Británica. A un lado de la computadora, la máquina de escribir Remington tan eficiente a principios del siglo pasado –era de mi abuelo ¿Cómo deshacerme de ella?

Agobiado por mi siempre creciente necesidad de espacio, un día de enero me hice el firme propósito de poner yo el ejemplo a mi familia e iniciar el año desprendiéndome de todo lo innecesario. ¿Qué mejor lugar para comenzar que mi taller de pintura?  Con lo del movimiento por el reciclado para la  conservación de los recursos, siendo yo activista ecológico, he guardado muchos frascos para los que obviamente encontraré uso (algún día); ahí están aquellos tres en los que venían los deliciosos melocotones españoles que me regaló mi cuñada Lupita y también el bote de plástico de hermoso diseño  que obtuve en un viaje, y los frasquitos de Gerber, tan prácticos para guardar tornillos. Comenzar por los frascos me pareció difícil, pues la labor se complicaría con la búsqueda de usos para cada frasco…por ahora no tengo tantos tornillos. Miré para otro lado: sobre mi gran mesa he acumulado innumerables objetos. Entre otros hay unos 104 pinceles, repartidos entre recipientes de cerámica y botes de hojalata tamaño galón. De estos pinceles por ahora estoy utilizando a lo más unos 20. Ese sí que sería un proyecto práctico, pues separar los pinceles nuevos de los viejos me resulta muy fácil.

Volteé la primera lata sobre el reducido espacio libre de la gran mesa y extendí los pinceles viejos pinceles que contenía: 53 de ellos. Junté un manojo y sujetándolos con ambas manos caminé hacia la cesta de basura. Comencé a escuchar un algarabío de voces raras, así que estirando los brazos y enderezando la espalda fijé mi vista en los pinceles. Uno de ellos, el más rechoncho y manchado, con los pelos resecos y despeinados estilo punk comenzó a exclamar con voz severa: ¿pero qué haces? -me dijo ¿no estarás pensando librarte de nosotros? ¡recuerda que somos parte de tu historia!. En otra época yo no hubiera dado crédito a lo que escuchaba, sin embargo, con el hábito de pintar la línea de la realidad se me ha ido volviendo borrosa. De modo que ya acostumbrado a estas cosas, me senté en mi viejo sillón – que antes fué de mis padres: uno estilo bergere, con orejas a los lados de la cabeza, muy bueno para dormitar la siesta o para meditar profundo. Viene acompañado de otro igual en el cual se sienta mi hermano Gerardo cuando nos visita y de un banquito compartido para descansar los pies. Todo el juego está retapizado, de modo que no se vé mal… siendo un diseño clásico lo viejo casi no se le nota, se ve más bien elegante, creo yo.

El caso fue que, ya sentado, miré fijamente los pinceles que me disponía a tirar y comencé un diálogo con el más gordo, un cuadrado del número 14, que parecía ser el líder de los otros 52. “He de estar volviéndome viejo”, le dije, ” al siquiera aceptar hablar contigo. Comprende que me estoy quedando sin espacio para trabajar, con tanta cosa que guardo. Me veo pues, forzado a ser práctico y deshacerme de lo que no uso”. “Estás mal” me respondió “Tú no puedes ser como la gente de hoy en día, tirando todo lo que no les parece útil. Nosotros somos parte de tu historia. Un hombre sin historia no vale porque no sabe quién es. Recuerdas aquella exposición de Malinalco en 1995? yo estaba contigo. También estuve contigo el año nuevo de 2002, en Nueva Jersey, cuando hiciste el mural aquél en la casa de los dueños del perfume Halston. Recuerdo que terminaste a media noche y por poco te caes del andamio, tres pisos de alto…y casi todos estos compañeros que represento también estuvieron ahí: te echábamos porras. Luego te acompañamos de regreso al hotel, caminando mientras dábamos gracias a Dios de que no te hubieses matado…”   Así siguió la plática hasta que, reflexionando, regresé los pinceles a mi estudio entre vítores de los pinceles viejos. Saqué un bote de aguarrás y les limpié lo mejor que pude. Ahora que estoy pintando más impresionista todos habrán de servir para alguno que otro trazo muy suelto. Si mi esposa pide un reporte sobre mi avance en los propósitos de año nuevo habrá que pensar en algo; quizá tire los tubos de pintura seca.

 

 

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