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Constanza y su Mundo

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Viajo por el desierto mientras las sombras se alargan. El camino se extiende recto delante de mis ojos y al final se funde en un espejismo con el cielo. Atrás han pasado los huizaches y los paloverdes. Quedan sólo algunos pinos del desierto, esporádicos, además de pocas pero compactas arboledas, sembradas por rancheros alrededor de sus remotas casas y graneros. El paisaje de la pradera adquiere tonos mágicos al caer la tarde: los pastos se incendian de color dorado con naranja, mientras las sombras de los postes y árboles se estiran formando largas rayas moradas. No me apresuro, antes me integro al ritmo de la naturaleza. Algunos pájaros parecen viajar conmigo. Todos los latidos se incorporan en unísono. Calculo llegar a la casa de Constanza con el sol rayando sobre la sierra, que de azul va cambiando a violeta. Mientras avanzo pienso en otros amigos míos, que en alguna región del extenso desierto también ahora avanzan, aunque lo hacen a caballo: gente que ha escogido vivir fuera de esta “civilización” – no son incivilizados, son otra cultura, la de vivir autónomos.

Aparece la luna, brilla montada en un nido de nubes. También ella cabalgará esta noche. A mí me persigue una nube de polvo que parece irse cansando. Llego a donde debo dar la primera vuelta. Entre los postes de la cerca encuentro la abertura. Paso la trampa de ganado. Se distinguen siluetas oscuras a lo lejos en el pastizal: pacen unas vacas y pocos caballos. Las lucecitas del rancho ya también se ven. Llego a la segunda vuelta. Detengo la camioneta para cerrar la puerta, pues nadie más llegará ya esta noche; es una reja de tubo tan larga que tiene una rueda en el extremo para apoyar su carrera. Los perros ladran. Les contestan otros perros muy lejanos y otros más, que ya casi ni oigo. Toda la pradera parece saber que he llegado; me conoce bien y sabe cuánto la he pintado.

Subo los tres escalones del porche. Se abre la puerta y aparece la sonrisa de mi amiga. Un sentido abrazo. Me detengo de entrar a la casa para quitarme los zapatos y dejarlos fuera, como se acostumbra. Ya descalzo, sobre los tablones de madera me tomo unos instantes para absorber la inmensidad del silencio. Me siento en el viejo sillón, con la luna iluminando el pastizal enmarcado por la sierra. Al rato me interrumpen y preguntan que si ya voy. Así que entro al cálido mundo de Constanza. Yo cocino; como propietario de un restaurante mexicano es lo que se espera. La cena es amena. Sigue la sobremesa, muy amena, pero finalmente el cansancio nos vence a todos y nos vamos a dormir. Aparecen entre sueños todos aquellos sonidos de los ranchos…los grillos, los coyotes, las alas de los búhos…pero al transcurrir el tiempo se escuchan también los relojes de Constanza: tan sólo en mi cuarto hay tres. Dentro de la casa en sí, se pueden contar 62 relojes, sin embargo Constanza nos advierte que ésos no son todos: hay más en la bodega. Esa bodega de la que a veces salen cosas inesperadas y fuera del tiempo. La noche transcurre entre tic-tacs, ding-dongs, cu-cús y melodías de campanadas que celebran cada hora. A mí se me da la suerte de encontrar lugares mágicos.

 

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