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La Bella y el Chapuzón

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La mañana era muy fresca en Los Ranchos, Alburquerque. Me habían citado temprano para acordar sobre el encargo de una pintura grande para un comedor muy elegante. Por ser la hora que era, el zaguán aún estaba cerrado. Descendí de mi camioneta para buscar el timbre. Al no encontrarlo me hice a la idea de que tardarían en saber que yo había llegado; en realidad no me importó esperar, porque el clima estaba muy placentero. Además, los pintores rara vez tenemos prisa. Los enormes árboles proyectaban alargadas sombras sobre la terracería, en su follaje, las hojas brillaban aún con el rocío y a lo lejos se distingía el reflejo de una asequia. De pronto un gallo quiquiriquió, contrastando con el suave trinar de los otros pájaros. Por instantes me transporté a un antiguo rancho de Chiapas donde viví por temporadas…y aún estando lejos me sentí en México. Desde donde esperaba, a través de la reja de hierro forjado se distinguía la casa, con su estilo Territorial, de adobe, con ventanas blancas y un remate de ladrillo dispuesto en forma dentada por todo el borde superior. Cuando se colonizó Nuevo México varios estilos se mezclaron con el de las primitivas casas de los indios originales; en la región de Santa Fe y Albuquerque casi todas las casas aparentan ser de adobe. Los Anglosajones (que son sólo parte de la población) quisieron hacer suya la arquitectura colonial con detalles como poner sobre las ventanas un ángulo que aporta un ligero toque imperial. Mientras me deleitaba en este concierto matutino del bosque cerca del Río Grande la puerta se abrió eléctricamente. Mi cliente me había visto.

Conduje mi vehículo por el jardinado camino de tierra hasta la puerta principal y caminando por el porche entré en la casa, encontrándome de inmediato con una sonrisa muy cálida de la señora. Una mujer encantadora. Ya pasada de cincuenta, pero todavía guapísima: alta, esbelta, con una elegancia que comenzaba por su persona y la extendía por toda su casa. Por el pasillo de la entrada, amplio y de techo elevado nos fuimos platicando hasta el comedor. Todo fue reafirmar lo ya antes hablado. Sí, las “Peras Elegantes” de las cuales ya había yo presentado un estudio, se verían muy bien dando un toque modernista al comedor clásico. Se trataba de un óleo de 120x180cm, representando unas peras doradas rodeadas de un mantel casualmente arrugado y un plato que se vislumbraba en el fondo oscuro.

Después de hablar del negocio pasamos a hablar de todo, y a tomar café. Nos acompañaba su perro, “Reece”, un Pug que por sus muchos años había quedado ya ciego. Cuando tocamos el tema de su casa no pude sino halagarla con comentarios sinceros. Ella, muy amable y hospitalaria me invitó a recorrer toda la propiedad. Una por una me fue mostrando las habitaciones, Reece nos seguía y de vez en cuando chocaba de cara contra algún mueble que no alcanzaba a ver. Llegados a la alcoba principal me dio gusto ver en una de las paredes otra de mis pinturas. Siendo una casa con marcada influencia española, las habitaciones comunican a un patio interior, con corredor alrededor y al centro un jardín con fuente, pero además una alberca. Resultó que mientras paseábamos por ahí, se escuchó de repende un ¡plop! y es que el ciego de Reece se cayó a la alberca.

Mi anfitriona no tardó un instante en reaccionar y lanzarse al rescate. Así como estaba, con sus jeans y camiseta de diseñador, aparte de una camisa de gasa, collar de perlas y sandalias plateadas, no dudó en echar un clavado para salvar al pobre de Reece. Al principio yo no supe qué hacer. Después de todo, los perros nadan, me dije, pero bueno…quizá éste siendo ciego no podría encontrar la orilla. Algo tardío, pero me apuré a recibir al mojado perro y luego, depositándolo a un lado le tendí la mano a mi anfitriona, quien la tomó para salir de la alberca. Sus movimientos, aunque lentos – con esa lentitud que irremediablemente va imponiendo la edad- fueron gráciles y femeninos Apoyada en mi brazo se incorporó, empapada y sonriente. ¡Ve como te he mojado! –me dijo- aunque en realidad yo solo había sufrido un salpicón, y la empapada era ella. Se apresuró a ir por unas toallas. Mientras iba pude apreciar su hermosa figura. La ví caminar, con la ropa toda pegada al cuerpo, recogiéndose el cabello para exprimir el agua.

Confirmé que las bellas, son bellas para siempre, y además lo saben. Aunque la belleza a esa edad sea diferente, sigue siendo belleza; nomás hace falta que como artista sepa uno apreciarla.

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