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Paz en San Nicolás

Paz-en-San-Nicolás

A mi esposa y a mí nos encanta pueblear. Durante una breve temporada decidimos vivir en Malinalco. Este bello pueblo queda a una hora de la Ciudad de México y fué, en su tiempo, un importante puesto de observación militar para el imperio azteca, pues de lo alto se pueden observar tres estados: el DF, Morelos y el Estado de México. Además de su arquitectura colonial, de sus tradiciones y costumbres, de su clima templado y de su gente nos llamó la atención un convento Agustino en el que todas las bóvedas, tanto de la nave principal de la Iglesia como las de todos los muchos corredores, están cubiertas por hermosísimas pinturas murales realizadas al fresco, terminadas alrededor de 1570. Desde un pequeñísimo departamento frente a este convento, hacía yo viajes al campo a pintar. Una de esas excursiones la hice a la Iglesia de San Nicolás, a unos tres kilómetros de Malinalco. De ella les presento aquí una pintura terminada, la cual realicé al aire libre y de la que tengo una anécdota curiosa que para relatar.

Resulta que cada vez que pasábamos por la carretera de entrada a Malinalco y veíamos esta iglesia, se me antojaba de una enorme paz. Tanto así que una mañana preparé todas mis cosas: caballete, pinceles, lienzo, tubos de pintar, silla plegable, sobrilla, almuerzo, radio portátil y sombrero y me dirigí alla. En el aire se respiraba una gran tranquilidad. A la sombra de un árbol instalé mi tinglado. A un lado puse la cesta con mi almuerzo, al otro una bolsa para desperdicios y trapos manchados de pintura. Con algo de estática pude aún sintonizar la música clásica de Radio Universidad. Miré mi objeto a pintar, respiré profundo y comencé. ¡Que deleite pintar con tanta calma! un aire fresquísimo pasaba por el lienzo y luego me tocaba a mí.

Hice primero una aguada de fondo, en tonos terrosos-anaranjados. Luego, con pintura un poco más gruesa comencé a dibujar la nave con su torre, luego los montes detrás, luego puse en su lugar los vitrales…luego comencé a sombrear. El sol la daba del lado izquierdo y marcaba con sombras muy definidas la arquitectura colonial. Todo era quietud cuando de repente ¡sonó una alarma! dí un salto y busqué el motivo: detrás de mí había, detrás de los matorrales, escondida a mis ojos hasta ahora, una escuela primaria. Al sonido inicial siguió una desbordada algarabía y pasando la vista de mi pintura al horizonte no lejano ví como se acercaba a mí una multitud de chamacos gritando: ¡un pintor! ¡está pintando! y se acabó la paz. Me ví rodeado por todos. Se encimaban unos sobre otros, pero no sobre mí -eran respetuosos, pero muy curiosos- mantuvieron un círculo mientras me acecharon con interminables preguntas. Yo respondí a unas cuantas, luego explique que debían callar si querían dejarme trabajar. Puse el pincel al lienzo y vino el silencio como por arte de magia. Podía oír la respiración de cada uno de ellos y olerlos: a tierra, sudor y leña de sus casas. Ante este repentino acto de respeto me ví obligado a pintar lo mejor posible. Así que poco a poco, pincelada a pincelada terminé, firmé y me despedí de todos habiéndome ganado su respeto y ellos el mío. El arte penetra en el espíritu de la gente sencilla con extrema rapidez.

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